LAS PEQUEÑAS HISTORIAS DE POSADAS

Fundación del “Casino”

Libro de José María García Benavides

Es hoy este casino el único existente en el pueblo, y desde luego el de más larga vida Su fundanción obedeció a los deseos de un grupo de señores que querían organizar una sociedad para para el cultivo y fomento de la música, y para ello después de muchas reuniones preliminares que tuvieron lugar en la casa hoy conocida como la del “dominó” en la calle Calvo Soltelo, surgió la entidad que se denominó “Sociedad Filarmónica”, y cuyo reglamento fue aprobado el 31 de Diciembre del 1906.

Al cabo de dos años reformó sus reglas y con ellas la denominación, pasando a titularse “Centro Filarmónico de Posadas”, y cuando a escaso tiempo de esta titulación acierta a venir el rey Don Alfonso XIII a pasar una temporada a Moratalla y se les ocurre a la directiva y músicos ir a darle allí un concierto, el monarca les recibe con sumo agrado y amabilidad, y al oír el pasodoble “Bohemios” no pudo contenerse y pidiéndole al maestro la batuta dirigió personalmente la orquesta que volvió a atacar el mismo pasodoble muy de real agrado. Parecía como si el improvisado maestro hubiese ensayado muchas veces con los músicos, pues la interpretación fue perfecta, y al terminar estos, llenos de orgullo y emoción prorrumpieron en gritos de ¡Viva el Rey! y Su Magestad entrando un momento en sus habitaciones, salió portando una fotografía suya en uniforme de húsares de la Princesa en la que de su puño y letra estampó: “Al Real Centro Filarmónico de Posadas Alfonso XIII”.

A su regreso a Madrid, mandó publicar en la Gaceta una Real Orden de fecha 24 de Marzo de 1909 en la que ratificando la concesión espontánea hecha en Moratalla, y ya con el refrendo de su gobierno, se le concedía a nuestro casino el derecho de ostentar en lo sucesivo el título de “Real” antepuesto a su denominación, y a usar la corona en sellos, timbres de cartas, puertas y en cualquier lugar donde pudiese ostentar con el debido decoro.

“El monarca les recibe con sumo agrado y amabilidad, y al oír el pasodoble “Bohemios” no pudo contenerse y pidiéndole al maestro la batuta dirigió personalmente la orquesta”

El ya Real Centro Filarmónico de Posadas, agradecido a su vez, nombró al Rey su maestro de música y Director de orquesta perpetuo.

Al cabo de medio siglo, cuando me contaba estas cosas mi buen amigo Don José Moreno Siles, que fue uno de los músicos de aquella orquesta, no podía ocultar la emoción que el recuerdo le producía, y las lágrimas le afloraban a los ojos.

Como el principal de la sociedad, según su reglamento es el cultivo y enseñanza de la música, tuvo hasta el año 1936 una academia en la que se impartían clases de solfeo y de los distintos instrumentos, habiendo salido un gran plantel de músicos, de los que desgraciadamente van quedando muy pocos y ya bastante mayores. Varios maestros ha tenido el casino, y entre ellos son dignos de recordarse Don José Garrido de la Vega, que ya conoce el lector; Don Eusebio Alins Juanós y Don Joaquín Ronquillo y el malogrado Don Blas Torres de León, ejecutado bárbaramente el 23 de Julio de 1936. Por sus excentricidades, sin duda el más célebre fue Don Eusebio, y una de las que comedió, y no la menos, fue vestirse un buen día de riguroso negro, preparar su alcoba como cámara funeraria o capilla ardiente con cuatro cirios encendidos alrededor de la cama, y hecho esto, abrir de par en par la ventana de la calle y tenerse boca arriba en el lecho con las manos cruzadas, guardando una absoluta quietud. No tardó en pasar alguien que admirado por el cuadro de exponer lo que creía un cadáver como si fuera un escaparate, se paró a verlo, y después otro y otro… hasta que se aglomeró un gran gentío, y todos decían: ha muerto Don Eusebio, qué lástima. Unos afirmaban que lo habían visto bueno y sano por la mañana, otros que por la tarde, y todos se hacían las clásicas y filosóficas consideraciones del caso: no somos nadie, hoy vivos y mañana solo Dios sabe como estaremos.

Cuando el falso cadáver lo creyó oportuno se incorporó y mirando a los aturdidos y aterrorizados espectadores, con voz de ultratumba y cara de circustancias les dio las buenas noches y cerró la ventana. Comentarios los hubo para todos los gustos y al fin todos coincidían en que el tal maestro debía tener perturbadas sus facultades mentales.

Como consecuencia de la guerra civil del 36, tres de los cuatro casinos que había en el pueblo desaparecen: El Liberal, El Progreso y El Ateneo, y en cambio este continúa, aunque maltrecho, su existencia. Hubo que lamentar bajas a cargo de ambos bandos contendientes, y la obligada evacuación hizo el resto, y por añadidura las nuevas autoridades nombraron una gestora a la que por primera providencia obligaron a dar de baja a los pocos socios que habían quedado, con objeto de que los que quisieran ser altas de nuevo lo solicitaran, y previo examen de sus antecedentes políticos administrarlos o rechazarlos.

El triste resultado de todo ello fue que la Sociedad y durante los veinte años siguientes, más que vivir lo que hace es vegetar. De Filarmónico, ya apenas le queda el nombre, pues al disolverse la orquesta en 1936 no vuelve a reorganizarse nunca más. Durante los años de guerra se dan muy animados bailes, casi siempre tocando algunos soldados músicos; célebre se hizo un navarro de zapadores, sordo casi como una tapia pero que tocaba maravillosamente el piano; y digno de recordar fue el lance ocurrido con ocasión de querer dar más amplitud a la caseta donde apenas cabía el público civil militar que a ella acudía, y que para remediarlo no se le ocurrió mejor cosa al jefe de las fuerzas que ordenar a la orquesta que se situara en el fondo de la alberca que existía al lado de la balautrada junto a la huerta de Jesús.

Muy mal encajaron los músicos tal medida, pues estimaban que era poco menos que denigrante y vejatorio para su notable arte interpretarlo en tan insólito lugar, negándose a tocar, y en algún caso concreto como el de Don José Toledano Carreras, huyendo con su instrumento y exponiéndose a serio percance con la autoridad milirar.

Para resolver el asunto sin menoscabo del amor propio de los músicos y sin que estos ocuparan sitio alguno en la caseta, se arbitró la fórmula de quitar un trozo de baranda y poner un entarimado sobre la citada alberca.

Al finalizar la guerra tuvo un serio roce el Real Centro con el Gobernador Civil de la provincia, motivado por el celo indiscreto de nuestro párroco don Fermín Urbano que le indujo a denunciar a aquella autoridad que la Sociedad había montado un cabaret en las puertas de la ermita donde se veneraba a la Patrona. La reacción de nuestra primera autoridad provincial fue fulminante: inmediata clausura del tal “cabaret”, y puesta a su disposición de organizadores del mismo. La del ayuntamiento, por cuyo conducto venía la orden de clausura, fue de gran indignación: las propias esposas, hijas, novias o hermanas de los miembros de la corporación municipal asistían a los bailes y en ningún modo debían ser consideradas “cabareteras”, e igualmente se tuvo en cuenta que los familiares femeninos más íntimos del cura también concurrían y tampoco eran acreedores a aquel feo calificativo. Una simple llamada telefónica desde la alcaldía al despacho del gobernador puso en claro todo aquel embrollo, y este señor dándose por engañado, estimó prudente no exigir responsabilidades al cura por recordar aquello del Quijote: “Sancho, con la Inglesia hemos topado”, pero recordó la lactancia del reverendo y no precisamente para bendecirla.

“La nueva junventud ya no ama la música por la música, prefiere los conjuntos que rocan ritmos nuevos, con nuevos instrumentos más o menos estridentes que más que música producen insoportables ruidos, pero es la inclinación de las nuevas generaciones y no hay más remedio que doblegarse a ello.”

Sin orquesta y sin academia de educandos, y sin posibilidad de reconstruir una y otra, la Sociedad comienza a dar sus bailes contratando orquestas particualares, primero es la de Don Antonio Benavides Guzmán, y luego la de Don Rafael Siles Rubio, hasta la década de los años sesenta, en que estragado el gusto musical, la nueva junventud ya no ama la música por la música, prefiere los conjuntos que rocan ritmos nuevos, con nuevos instrumentos más o menos estridentes que más que música producen insoportables ruidos, pero es la inclinación de las nuevas generaciones y no hay más remedio que doblegarse a ello. Y cuando pasan algunos años y aparece la moda de las discotecas, la juventud abandona los bailes de casino por anticuados, y éste los ha ido espaciando cada vez más hasta dejarlos reducidos a los indispensables de las ferias de Mayo y Septiembre.